En la calle casi siempre vamos corriendo y empujando a los demás; ésto si no queremos ser a quienes empujen o corran. Tenemos nuestros pequeños mundos y pensamos que nosotros merecemos todo y que nuestros problemas son los mayores problemas que ha tenido la humanidad y que ninguno de ellos tiene una buena solución.
Pero pocas veces nos detenemos a mirar a los otros, a aquellas personas que también van corriendo y empujando. Menos aún nos detenemos a ver a quienes no pueden correr y empujar de la misma manera.
¿A qué me refiero con esto último? A las personas que tienen algún tipo de discapacidad.
En las últimas semanas, he tenido la oportunidad de trabajar con niños que tienen discapacidades físicas, cognitivas, sensoriales y de aprendizaje. A pesar de estar acostumbrado a trabajar con distintos tipos de participantes (desde niños hasta adultos) a veces no sé muy bien como interactuar con ellos.
Y es que muchas veces nos ocurre esto porque nos han enseñado que las personas con este tipo de problemas son objetos o bichos raros a quienes no hay que tocar, a quienes se les debe de tener lástima o a quienes se les debe sobre proteger.
Estas personas simplemente son eso: personas. Tan seres humanos como tu y como yo, con aciertos y con errores, con alegría, con miedo, con pasión, con tristeza, con enojo y con amor. Tan diferentes como tu y como yo.
El tener discapacidades, por ejemplo, el no poder ver, no significa que no puedas ser magnifico creando una pintura. De igual manera, el hecho de que midas metro y medio no significa que no puedas jugar basquetbol. Todo depende de los intereses que tengas para hacer las cosas y en el conocimiento y desarrollo de las habilidades personales.
No creo que mi trabajo sea malo pues intento aplicar las estrategias que generalmente uso para otros tipos de grupos adaptándolas según sea el caso y así poder explicar temas relacionados con la educación ambiental.
Y como dije, aunque a veces no sé como interactuar con ellos, sé que se puede lograr poniendo todo mi amor y mi respeto a ellos y a mi trabajo.
Es nuestra obligación como seres sociales conocer quienes son estas personas y en la medida de lo posible facilitar su andar por la vida y, de igual manera, no crear más obstáculos de los que ya existen.
Pensemos en los otros, así podemos pedir que los demás piensen en nosotros.
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